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Curiosidades

La labradora que olía, a través de la madera, la bacteria que suele obligar a quemar colmenas

Durante siete años, una labradora negra recorrió los apiarios de Maryland oliendo colmenas cerradas. Buscaba una bacteria que mata a las larvas y que suele obligar a quemar la colmena entera.

La labradora que olía, a través de la madera, la bacteria que suele obligar a quemar colmenas

Klinker podía acercar el hocico a una colmena cerrada, con las abejas entrando y saliendo a centímetros de su nariz, y saber qué pasaba del otro lado de la madera. Lo que buscaba no zumbaba ni picaba. Era una bacteria capaz de acabar con una colonia entera, y que casi siempre obliga a quemar la colmena para salvar a las demás.

Por eso, cada vez que esa labradora negra se detenía, había una colmena en juego: tocaba abrirla y esperar lo que dijera el laboratorio.

Primer plano de un labrador negro con la boca abierta, mirando a la cámara
Un labrador negro con la boca abierta, de la misma raza que Klinker. Foto: Tech. Sgt. Bennie J. Davis III / Wikimedia Commons, dominio público.

Una compañera nueva en la camioneta

En 2008, el Departamento de Agricultura de Maryland sumó a Klinker a su equipo. Su guía era el inspector apícola Bill Troup, y el trabajo empezaba siempre igual: Troup abría la camioneta, Klinker saltaba al pasto y enfrente quedaban las filas de colmenas.

No era la primera en ese puesto. Desde 1982, el estado tiene un perro de abejas en su personal, y a Klinker le tocaba ser la cuarta.

Su método parecía un paseo. Iba de una colmena a otra y acercaba el hocico a cada caja, sin abrir ninguna. Las abejas seguían en lo suyo, sin prestarle atención a la perra que les olfateaba la puerta.

Lo que crece dentro de las celdas

Klinker rastreaba la loque americana, una enfermedad que ataca lejos de la vista, en las celdas donde crecen las larvas. Las más jóvenes se tragan las esporas de la bacteria con el alimento. Adentro, cada espora germina como una semilla, y la bacteria se multiplica a costa de la larva hasta matarla en su propia celda.

Un palillo saca de una celda de panal un filamento viscoso, rodeado de abejas
Un palillo saca de una celda un hilo viscoso: es la prueba típica para reconocer la loque americana en un panal. Foto: Tanarus / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.

Y las esporas no se van con la larva. Se quedan en el panal y en la madera, vivas durante décadas: una caja vieja puede seguir siendo contagiosa más tiempo del que tarda un niño en hacerse adulto. La miel de una colmena enferma también contagia, así que la enfermedad puede viajar con ella hasta otras abejas.

Panal dorado en primer plano con restos oscuros y secos de larvas en el fondo de las celdas
Restos oscuros y secos de larvas en el fondo de las celdas de un panal con loque americana. Foto: Dalibor Titera (Beedol.cz) / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Un antibiótico calma los síntomas, pero no toca las esporas. Es como cortar la maleza al ras y dejar las semillas en la tierra. Por eso, cuando la enfermedad aparece, la madera, los marcos y los panales suelen terminar en el fuego: es la única forma de estar seguros de que la infección se fue.

Cien colmenas antes de una hora

Contra un enemigo así, importa llegar pronto a cada colmena. Y ahí la nariz de Klinker cambiaba las cuentas.

Un inspector tiene que destapar cada colmena para mirar adentro, y así revisa unas 45 colonias en un día de trabajo. Un perro de abejas revisa 100 en menos de una hora. Es más de lo que dos inspectores alcanzan a ver en toda una jornada.

Klinker se sienta

En una de sus primeras inspecciones, Klinker recorría una fila de colmenas, caja por caja. De pronto se detuvo frente a una y se sentó. Era su forma de avisar.

Troup levantó la tapa. Esa colonia estaba enferma y, según la prensa de 2009, era una que un inspector había pasado por alto.

Cuadro de cría con celdas irregulares y hundidas, con abejas caminando encima
Un cuadro de cría afectado por loque americana: las celdas se ven irregulares y hundidas. Foto: Tanarus / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.

A ella no le hacía falta abrir nada para saberlo. Una colonia con loque americana tiene un olor propio, y Klinker lo distinguía entre todas las demás, como quien reconoce desde el pasillo cuál de las puertas cerradas de un edificio tiene pan quemándose adentro.

Además, lo encontraba en las primeras etapas de la enfermedad. Para los apicultores, eso era tiempo para actuar antes de que el daño creciera.

La cuenta de sus avisos

Durante siete años, la escena se repitió en los apiarios de Maryland. Klinker se sentaba, Troup abría la colmena y la muestra seguía su camino hasta el laboratorio. Allá no valía la intuición de nadie: valía el análisis.

Cada aviso pesaba. Detrás de cada vez que ella se sentaba había una colonia que podía terminar en el fuego, y vecinas que dependían de que la enfermedad se encontrara a tiempo.

Con los años, los resultados se fueron sumando. Cada colmena frente a la que Klinker se sentó tenía loque americana, y el laboratorio lo confirmó en todos los casos. Ni una sola falsa alarma: acertó todas las veces.

En 2015, Klinker se retiró. La relevó Mack, un labrador amarillo rescatado y el quinto perro de abejas del estado, que empezó a recorrer los apiarios con la inspectora apícola en jefe de Maryland, Cybil Preston.

Más tarde, Mack sumó una compañera de trabajo: Tukka, una springer spaniel. La costumbre que el estado empezó en 1982 siguió pasando de una nariz a la siguiente.

Klinker nunca probó la miel de esas colmenas. Lo que dejaba era otra cosa: cajas cerradas en la misma fila, con las abejas entrando y saliendo, que nadie tuvo que llevar al fuego porque una labradora negra se sentó a tiempo frente a la vecina enferma.

Fotos de un labrador negro (Tech. Sgt. Bennie J. Davis III / Wikimedia Commons, dominio público) y de panales con loque americana (Tanarus / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0; Dalibor Titera, Beedol.cz / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0). Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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