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Curiosidades

Quince perros quedaron encadenados en la Antártida con comida para unos días y nadie volvió por ellos en casi un año

En febrero de 1958, quince perros de trineo quedaron encadenados en la base Showa, en la Antártida, con comida para unos días. El relevo nunca llegó, y pasó casi un año antes de que alguien volviera a decir sus nombres en el hielo.

Quince perros quedaron encadenados en la Antártida con comida para unos días y nadie volvió por ellos en casi un año

Quince perros de trineo se quedaron en la nieve de la base Showa, en la Antártida, cada uno con su collar cerrado y su cadena puesta, mientras los hombres de la expedición se marchaban. Tenían comida para unos pocos días y, por delante, un invierno en el que nadie iba a volver por ellos.

Cada perro tenía su nombre. Pasaría casi un año antes de que alguien volviera a decirlos en voz alta en esa nieve, sin saber cuáles quedaban para responder.

Jiro, un husky de Sajalín disecado, exhibido en el Museo Nacional de la Naturaleza y la Ciencia de Tokio
Jiro, uno de los quince perros de trineo que se quedaron en la base Showa, tal como se exhibe disecado en el Museo Nacional de la Naturaleza y la Ciencia de Tokio. Foto: Suguru@Musashi / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.

Comida para unos días

Era febrero de 1958, y la primera expedición japonesa terminaba su turno en Showa. Esos perros habían pasado con los hombres el invierno de 1957, tirando de sus trineos por el hielo. Taiichi Kitamura era el encargado de cuidarlos.

El plan parecía sencillo. El segundo equipo iba a entrar en la base casi enseguida, así que bastaba con dejarles comida para cubrir esos días. Kitamura les fue cerrando los collares. Para todos era un cambio de turno, no una despedida.

El hielo cerró el camino

Pero el tiempo se puso en contra. El mal tiempo obligó a evacuar a los hombres, y el Soya, el rompehielos japonés, necesitó la ayuda del Burton Island, un rompehielos estadounidense, para salir del hielo.

El segundo equipo nunca llegó a entrar. La expedición renunció a pasar ese invierno en Showa.

Así, quince perros quedaron encadenados frente al invierno antártico con la comida de unos días, como si alguien le llenara el plato a su perro un lunes y no regresara hasta casi un año después. Nadie lo planeó así, pero fue un abandono, y lo pagaron ellos.

Llegaron las ventiscas y las largas noches. Ese año, Showa pasó el invierno sin una sola persona: en toda la base no quedaron más que los perros.

Noches sin dormir en Japón

Mientras tanto, en Japón, Kitamura no podía dormir. Él había cerrado esos collares con sus propias manos, y lo dijo sin rodeos: «Es como si yo los hubiera matado».

Esa carga no se le fue con los meses. Cuando partió la tercera expedición, Kitamura iba en ella, y él mismo contó después que volvió a la Antártida por lo que arrastraba desde aquel febrero.

Dos perros junto a la base

El 14 de enero de 1959, el primer helicóptero de la tercera expedición se acercaba a Showa cuando los tripulantes vieron, junto a la base, a dos perros.

Al aterrizar, supieron qué había sido del resto. Siete perros no habían logrado librarse de la cadena y murieron atados, en el mismo lugar donde los habían dejado. Otros ocho sí se habían soltado: de seis no quedaba rastro, y los dos que habían visto desde el aire estaban vivos, después de unos once meses solos.

Estaca de hierro clavada en la nieve con una cadena que termina en un collar de cuero vacío, y al fondo una cabaña cubierta de nieve
Una estaca, una cadena y un collar vacío en la nieve. Siete perros no lograron librarse de la suya; ocho sí.

Nadie estuvo ahí para verlos sobrevivir, y nadie sabe con certeza qué comieron. Kitamura pensó primero en pingüinos y en heces de foca, pero con los años descartó las dos ideas: los perros atacaban a los pingüinos, aunque casi no se los comían. Se inclinó entonces por la comida que los hombres habían dejado en el hielo, conservada como en un congelador, por la de los depósitos de las travesías y por el cadáver de una ballena.

Kitamura era el único de la primera invernada que estaba ahí. Y frente a esos dos perros, no estaba seguro de cuáles eran.

Uno por uno, los nombres

Los perros tampoco estaban seguros de él. «Al principio desconfiaban ellos y desconfiábamos nosotros», contó Kitamura. Durante cinco, tal vez diez minutos, perros y hombres fueron acortando la distancia y observándose.

Entonces Kitamura les habló. Primero les dio órdenes. Nada. Preguntó: «¿Eres Kuma?». Tampoco.

Empezó a decir los nombres de los perros, uno por uno, y cada nombre que se quedaba sin respuesta era el de un perro que ya no estaba para oírlo. «¿Moku?». Nada.

Hasta que dijo: «¿Taro?». Y los dos perros reaccionaron.

Eran Taro y Jiro, dos hermanos husky de Sajalín, los únicos de los quince que volvieron a encontrarse con los hombres. Habían pasado casi un año en el hielo, de un febrero a otro enero, en una base de la que hasta las personas se habían ido.

Hoy, en Japón, el 14 de enero se recuerda como el día del amor, la esperanza y el valor.

Quince nombres se quedaron aquel febrero en la nieve de Showa. Casi un año después, uno de ellos volvió a sonar en el hielo, y dos perros, a los que nadie había llamado en todo ese tiempo, respondieron.

Foto de Jiro disecado: Suguru@Musashi / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0. Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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