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Historias emotivas

Por cada vaca que los jaguares del Pantanal podían comerse, los turistas dejaban el precio de 56

En el Pantanal de Brasil, los ganaderos mataban jaguares por las vacas que se comían. Un grupo de científicos calculó cuánto vale ese animal vivo y cuánto cuesta en vacas.

Por cada vaca que los jaguares del Pantanal podían comerse, los turistas dejaban el precio de 56

Un jaguar acaba de cazar un caimán en la orilla de un río del Pantanal, en Brasil, y desde las lanchas lo miran turistas que hicieron el viaje solo para eso. En las haciendas ganaderas de esa misma región, otro jaguar puede terminar muerto por una vaca que se comió.

Entre esas dos escenas hay una cuenta pendiente: cuánto vale ese animal vivo y cuánto cuesta en vacas. Un grupo de científicos se puso a hacerla.

Cuando el río se quedó sin jaguares

Entre los años 60 y 80, la caza furtiva golpeó tan fuerte la región de Porto Jofre, junto al río Cuiabá, que el jaguar prácticamente desapareció de sus orillas.

El río Cuiabá visto desde el pueblo de Porto Jofre, con embarcaciones al fondo entre los árboles
El río Cuiabá visto desde el pueblo de Porto Jofre, con lanchas al fondo entre los árboles. Foto: Pezow / Wikimedia Commons, CC BY 3.0.

Y los pocos que quedaban tenían enemigos en tierra firme. En esa zona, casi uno de cada tres bocados de un jaguar es de vaca. Para un ganadero, cada uno de esos bocados es dinero que se pierde.

Entonces muchos hacían la cuenta más corta: matar al jaguar que se comía sus vacas. Durante mucho tiempo, esa matanza por represalia en las haciendas fue la mayor amenaza para el jaguar en el Pantanal, y todavía hoy está entre las peores.

Jaguares otra vez en la orilla

Con los años, el jaguar volvió a Porto Jofre. Y detrás de él llegaron visitantes de otra clase: gente que viajaba hasta el Pantanal, se subía a una lancha y recorría el río con la única misión de verlo.

Un jaguar joven camina por la orilla arenosa del río Cuiabá, entre plantas acuáticas
Un jaguar joven camina por la orilla arenosa del río Cuiabá, entre plantas acuáticas. Foto: Bernard DUPONT / Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0.

Los guías se organizaron a su manera. Cuando uno encontraba un jaguar, avisaba por radio a los demás dónde estaba, para que los otros también llegaran.

Mientras tanto, los jaguares se fueron acostumbrando a la gente. En 2013 ya había 29 acostumbrados a la gente.

Pero lejos del agua, la historia seguía igual. En el río, el jaguar era la razón del viaje. En los potreros, seguía siendo el animal que se comía las vacas.

Una balanza con vacas y turistas

El investigador Fernando Tortato decidió pesar las dos cosas en la misma balanza, junto con Thiago Izzo, Rafael Hoogesteijn y Carlos Peres.

En un platillo pusieron las vacas. Calcularon cuánto ganado podían costar en un año todos los jaguares que vivían en esa parte del Pantanal, y les dio unos 121.500 dólares. No era una factura que algún ganadero hubiera pagado, sino lo que esos jaguares podían llegar a cobrarse en vacas.

Un investigador sentado en el borde de una lancha anota marcas en una libreta; al fondo, un corral de madera con vacas blancas y dos turistas que bajan de una camioneta hacia un muelle
Un investigador anota en su libreta frente a una hacienda con vacas en el corral y turistas que llegan al muelle: los dos platillos de la misma balanza.

En el otro platillo pusieron a los turistas. Sumaron cuánto dinero dejaba, en un año, toda la gente que llegaba hasta allí solo para ver jaguares.

La cuenta de 2017 y las treinta lanchas

El resultado se publicó en junio de 2017, y el platillo de los turistas marcó 6.827.392 dólares al año.

Es como si por cada vaca que los jaguares podían comerse, los visitantes dejaran en la región el precio de 56. Y todo ese dinero llegaba por jaguares que siguieran vivos en la orilla.

Con el tiempo, algunas haciendas que antes trataban al jaguar como enemigo empezaron a recibir turistas, en alianza con hoteles de ecoturismo. No todas: Tortato advierte que no todos los dueños quieren entrar en el turismo, sobre todo los de haciendas a las que solo se llega en ciertas épocas del año.

En las orillas de Porto Jofre, donde casi no quedaba ninguno, los 29 jaguares acostumbrados a la gente de 2013 se volvieron 130 en 2023.

Jaguar adulto de cuerpo macizo y cabeza ancha, con pelaje dorado cubierto de grandes rosetas negras y pecho blanco con manchas negras
Un jaguar adulto de cabeza ancha y pelaje dorado con rosetas negras: en el río, la razón del viaje; en los potreros, el animal que se come las vacas.

Entonces el problema cambió de lado. En temporada alta, los guías cuentan con unas 30 lanchas en el río al mismo tiempo, y calculan que casi ninguna salida vuelve sin haber visto un jaguar. Cuando uno aparece, el aviso por radio que antes servía para compartirlo ahora junta a muchas lanchas alrededor del mismo animal.

En 2024, Tortato volvió a firmar un estudio, esta vez sobre esas lanchas. Su propuesta: cuando ver un jaguar ya es casi seguro, que los guías dejen de anunciar por radio, a todos, dónde está, y que se pasen el dato solo dentro de grupos pequeños y coordinados, para que las lanchas no se amontonen sobre él. No pide un límite oficial, sino una regla para los propios guías.

Y ahí sigue, en su orilla del Pantanal, con su caimán y sin idea de cuánto vale. Durante décadas, a un jaguar de ese río lo mantenía vivo que nadie lo encontrara. Hoy lo protege justo lo contrario: que lo encuentren, y que mañana vuelvan a buscarlo.


Fotos del río Cuiabá en Porto Jofre (Pezow / Wikimedia Commons, CC BY 3.0) y de un jaguar joven en la orilla del río Cuiabá (Bernard DUPONT / Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0). Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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