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Historias emotivas

La «cara de invernadero»: el gesto del perro de Darwin que acabó en un libro de ciencia

Cada vez que Darwin tomaba el sendero del invernadero, su perro cambiaba por completo. La familia tenía un nombre para ese gesto; Darwin, una razón para estudiarlo.

La «cara de invernadero»: el gesto del perro de Darwin que acabó en un libro de ciencia

Un perro grande trota por un camino de campo, unos pasos por delante de su dueño. Lleva la cabeza muy alta, las orejas moderadamente erguidas y la cola levantada, aunque sin rigidez. Todo su cuerpo dice lo mismo: este paseo va bien.

Más adelante, un sendero se abre hacia la derecha. El perro lo conoce. El hombre que camina detrás también conoce a su perro, y lo mira de reojo con una atención poco común, como quien sabe que algo está a punto de cambiar en esa cabeza y en esa cola.

Un perro grande cerca de Down

El hombre era Charles Darwin. Él solo escribió que el camino estaba «no lejos de mi casa». Su hijo Francis Darwin, en el borrador de sus recuerdos (hacia 1884), sitúa la escena en la casa familiar de Down, en Inglaterra, donde los Darwin vivían desde 1842.

Retrato fotográfico de época de Charles Darwin
Charles Darwin en un retrato de época. Foto: Julia Margaret Cameron / Wikimedia Commons, dominio público.

La descripción del perro también es de Darwin, que la dejó por escrito con precisión de naturalista. Era un perro grande que, «como cualquier otro perro», disfrutaba muchísimo salir a caminar. Darwin lo cuenta en pasado, como un animal que había tenido antes, y en ese pasaje no menciona su raza ni su nombre.

El desvío hacia el invernadero

Aquel sendero llevaba al invernadero, donde Darwin entraba a menudo unos minutos a revisar sus plantas experimentales. Para el perro, anotó, eso era siempre «una gran decepción»: no sabía si el paseo iba a continuar.

Grabado de un naturalista de levita oscura inclinado sobre macetas con etiquetas en un pequeño invernadero victoriano
Un naturalista revisa plantas en macetas etiquetadas dentro de un invernadero victoriano. Para el perro de Darwin, cada parada así dejaba el paseo en suspenso.

Bastaba que el cuerpo de Darwin se desviara apenas hacia el sendero para que la expresión del perro cambiara de forma instantánea y completa. La cabeza caía mucho. Todo el cuerpo se hundía un poco y quedaba inmóvil. Las orejas y la cola bajaban de golpe, y la cola, precisa Darwin, no se meneaba en absoluto. A él, el cambio le parecía cómico.

No era una impresión solo suya: cada miembro de la familia conocía ese abatimiento, y lo llamaban su «cara de invernadero». El nombre del perro, en cambio, no aparece en el pasaje. Lo aporta Francis en su borrador: el perro se llamaba Bob, y su «cara de invernadero», escribe, estaba ligada a esas visitas.

Un giro hecho a propósito

Darwin añade un detalle entre paréntesis: a veces giraba hacia el invernadero «como experimento», solo para ver el cambio. No fue un experimento controlado, con mediciones ni registros, sino una observación casera hecha en paseos cotidianos, y el texto no dice cuántas veces lo intentó.

La escena quedó en La expresión de las emociones en el hombre y los animales (The Expression of the Emotions in Man and Animals), que Darwin publicó en Londres en 1872 con la editorial John Murray. El libro completo puede leerse en Project Gutenberg, con el pasaje en el capítulo II, y el Darwin Correspondence Project, de la Universidad de Cambridge, dedica una página a Darwin y los perros.

Grabado de un libro abierto sobre un escritorio victoriano, junto a una lámpara de aceite, unas gafas y notas sueltas, con la lámina de un perro grande en actitud humilde
Un tratado abierto junto a una lámpara de aceite, con la lámina de un perro en actitud humilde: en 1872, la postura de un perro podía ser materia de un libro de ciencia.

Ese libro discutía con una idea de peso. Según resume el propio Darwin, el anatomista Charles Bell, «tan ilustre por sus descubrimientos en fisiología», sostenía en una obra cuya primera edición data de 1806 que muchos de nuestros músculos faciales servían puramente para la expresión, como una «disposición especial» para ese único fin. Es decir: que el ser humano tenía músculos creados especialmente para expresar emociones.

La alegría y su reflejo

Ahí entra Bob. Su «cara de invernadero» no está en el libro como una anécdota simpática, sino como evidencia. Darwin propuso tres principios generales para explicar la expresión y dedicó el capítulo II a uno de ellos: la antítesis. Aplicado a Bob, la alegría y la decepción se expresan con movimientos opuestos.

El perro lo mostraba con todo el cuerpo. En el camino: cabeza alta, orejas erguidas, cola arriba. Frente al desvío: cabeza caída, cuerpo hundido, orejas y cola abajo, sin un solo meneo. Cada postura era la otra invertida, como en un espejo.

Grabado dividido en dos paneles verticales que muestran al mismo perro grande, a la misma escala y desde la misma altura, en dos posturas opuestas
Dos posturas de un mismo perro, lado a lado. La idea de Darwin: la decepción se expresa con los movimientos contrarios a los de la alegría.

Ese mismo capítulo incluye el grabado de un perro «en actitud humilde y afectuosa». No representa a Bob ni su «cara de invernadero», pero ilustra el mismo principio de la antítesis.

Una historia compartida

La antítesis era una pieza de un argumento mayor. Contra Bell, Darwin usó un dato anatómico: los simios antropoides tienen esos mismos músculos faciales. Si otros animales los tienen, cuesta sostener que sean una disposición exclusiva del ser humano.

Y fue más allá. En el mismo libro escribió que el hecho de que especies distintas pero emparentadas compartan ciertas expresiones, como el movimiento de los mismos músculos faciales al reír en el ser humano y en varios monos, se vuelve algo más comprensible si se acepta que descienden de un progenitor común. Nuestras expresiones, en otras palabras, tendrían una historia compartida con otros animales.

Darwin no fue el primero en estudiar la expresión: él mismo discute obras anteriores, como la de Bell. Pero en ese debate puso a trabajar un gesto nacido en un paseo cualquiera. Bob, por supuesto, no sabía que entraba en la historia de la ciencia. Solo quería seguir caminando.

Darwin miró la cara de su perro y, en vez de quedarse en la risa, la tomó en serio. Tal vez entender a un perro empiece justo ahí: en prestarle atención.

¿Qué gesto pone tu perro cuando descubre que el paseo cambia de rumbo o se termina antes de tiempo?

Foto de Charles Darwin: Julia Margaret Cameron / Wikimedia Commons, dominio público. Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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