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Historias Emotivas

Leerle a un perro que no entiende el cuento: lo que descubrió un ensayo con 102 niños

En 1999, seis perros de terapia llegaron a la biblioteca principal de Salt Lake City para escuchar leer a los niños. Años después, una escuela de Sudáfrica puso la idea a prueba frente a un adulto y un osito de peluche.

Leerle a un perro que no entiende el cuento: lo que descubrió un ensayo con 102 niños

Un niño de tercer grado se detiene a mitad de una frase. La palabra es larga y se le enreda en la boca. Frente a su clase, ese tropiezo le habría costado risas y la cara roja. Aquí nadie se ríe: lo escucha un perro echado a su lado sobre la alfombra, con su guía a un paso.

Ese perro no entiende el cuento, ni esa palabra ni ninguna otra. Aun así, alguien se tomó el trabajo de medir si su presencia cambia lo que un niño entiende cuando lee. La historia empieza con una enfermera y seis perros de terapia en Utah.

Seis perros cambian el hospital por la biblioteca

La idea de leerle a un perro fue de Sandi Martin, enfermera de cuidados críticos y miembro del consejo de Intermountain Therapy Animals, en Utah, según un artículo de Public Libraries Online, la revista de la Public Library Association (2013). Los perros de esa organización visitaban hospitales desde 1993, según su página institucional, y trabajaban con pacientes en rehabilitación.

En noviembre de 1999, seis de ellos cambiaron el hospital por la biblioteca principal de Salt Lake City para escuchar leer a niños de 4 a 11 años. Las preguntas frecuentes del programa todavía cuentan cómo fueron esas primeras sesiones, que se llamaron «Dog Day Afternoons». El perro número 1 se llamaba Olivia. Así figura, como «R.E.A.D. Dog #1», en el boletín ITA News de la primavera de 2015, que registra una donación de Sandi Martin en su memoria.

Persona voluntaria arrodillada en la alfombra de la sección infantil de una biblioteca, acomodando cojines grandes junto a un perro de terapia tranquilo con pañoleta
Con la credencial del hospital aún prendida al suéter, una persona voluntaria prepara un rincón de lectura junto a un perro de terapia. Los primeros equipos de R.E.A.D. venían de trabajar en rehabilitación hospitalaria.

Cuando el que no conoce la palabra es el perro

El truco era invertir los papeles. Cada perro llegaba con su guía, la persona que lo acompaña en las sesiones. Si el niño tropezaba con una palabra difícil, el guía hablaba por el perro: «Este perro nunca había oído esa palabra. ¿Le explicas qué significa?». Así lo describe el propio programa. El que temía equivocarse pasaba a enseñar.

Según el programa, había niños que a la semana siguiente llegaban corriendo: «Olivia, hoy traigo un cuento que te va a encantar».

El programa se llamó R.E.A.D., sigla de Reading Education Assistance Dogs («perros de asistencia para la educación lectora»), que en inglés forma la palabra «leer». Según Intermountain Therapy Animals, la organización ha formado y registrado a más de 7.200 equipos de terapia y trabaja de Canadá a Sudáfrica, con presencia en varios países europeos.

Una escuela sin biblioteca pone a prueba la idea

Quedaba una pregunta incómoda: ¿ayudaba el perro o bastaba con la atención extra? M. C. le Roux, L. Swartz y E. Swart la llevaron a una escuela de un barrio de bajos recursos del Cabo Occidental, en Sudáfrica, donde no había biblioteca ni en la escuela ni en la comunidad. Con permiso de Intermountain Therapy Animals, siguieron el método R.E.A.D.

Participaron 102 niños de tercer grado que leían muy por debajo de su curso: el 75 % lo hacía al nivel de primer grado, y el 25 %, al de segundo. El ensayo, publicado en 2014 en Child & Youth Care Forum, los repartió al azar en cuatro grupos:

  • 27 le leyeron a un perro de terapia, con su guía al lado, voluntario de Pets as Therapy.
  • 24 le leyeron a un adulto.
  • 26 le leyeron a un osito de peluche, con un adulto presente.
  • 25 siguieron con sus clases, como grupo de control.

Los tres primeros grupos usaron los mismos libros, 20 minutos por semana durante diez semanas. Todos tenían la misma tarea: explicarle las palabras difíciles a quien los escuchaba. Y todos recibían la misma retroalimentación.

La diferencia no estaba en la velocidad

Solo el grupo del perro mejoró de forma significativa en comprensión lectora, y ocho semanas después seguía por delante, según los resultados de le Roux y sus colegas. En velocidad de lectura, en cambio, no hubo diferencias significativas entre los grupos del perro, del adulto y del osito. No leían más rápido que los demás: entendían más.

Eso desarma la explicación más cómoda. El adulto y el osito recibieron las mismas explicaciones que el perro, con los mismos libros y el mismo tiempo. En los tres grupos había un adulto cerca, y en uno de ellos, además, había un perro escuchando.

Lo que tiene un perro y no tiene un osito

Nadie lo sabe con certeza, pero hay pistas. Ya en 1983, E. Friedmann y sus colegas estudiaron a 38 niños y vieron que tenían la presión arterial más baja cuando había un perro amistoso en la sala, tanto en reposo como al leer en voz alta, según su estudio en The Journal of Nervous and Mental Disease.

En Canadá, C. X. Rousseau y C. Y. Tardif-Williams trabajaron con 17 niños de primero a tercer grado ante textos un poco más difíciles de lo que dominaban. Con un perro al lado, los niños leyeron más tiempo, persistieron más y se sintieron más interesados y capaces, sin importar la raza ni la edad del perro, según su artículo de 2019 en Anthrozoös. La nota de UBC Okanagan News sobre el estudio incluye una foto de ese año del golden retriever Abby escuchando leer a una niña.

Siguen siendo pistas. En 2016, S. S. Hall, N. R. Gee y D. S. Mills revisaron 48 trabajos sobre niños que les leen a perros. Encontraron efectos posiblemente beneficiosos, pero con evidencia de baja calidad: pocos estudios bien controlados y mecanismos que, por ahora, son conjeturas, según su revisión sistemática en PLoS ONE.

La explicación que proponen los programas, aún sin probar, es sencilla. Según las preguntas frecuentes de R.E.A.D., el perro escucha sin juzgar, sin criticar, sin burlarse y sin contarles los errores a los amigos.

Libro infantil nuevo abierto sobre la alfombra de una biblioteca, con una sola huella de pata de perro en el centro de la guarda en blanco
Una huella de pata en la guarda de un libro nuevo, justo donde firmaría un autor. En la biblioteca de Salt Lake City, los lectores más constantes se llevaron una firma así.

En la biblioteca de Salt Lake City, en 1999, cada niño que fue al menos a tres de las cuatro sesiones se llevó un libro nuevo, firmado con la huella de su perro favorito. Era la firma de alguien que nunca entendió esos cuentos y los escuchó todos hasta el final.

¿Alguien en tu casa le ha leído en voz alta a tu perro? Cuéntanos qué cuento era y cómo lo escuchó.


Algunas imágenes de este artículo fueron generadas con IA para ilustrar el contenido; no son fotografías de los hechos ni de los animales reales.

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