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Historias emotivas

Cada cabezazo de tu gato te deja algo que no puedes oler, y en una colonia solo lo recibían unos cuantos

En una granja de Devon, unos zoólogos pasaron dos años anotando cada encuentro de una colonia de gatos. El roce con la frente que tu gato te da no iba ahí hacia cualquiera, y deja algo que tú no puedes oler.

Cada cabezazo de tu gato te deja algo que no puedes oler, y en una colonia solo lo recibían unos cuantos

Un gato cruza la cocina con la cola en alto, apoya la frente en tu espinilla y empuja, como quien abre con el hombro una puerta que conoce de memoria. Después sigue de largo, pegado a ti: primero la mejilla, luego el costado entero. Tú sientes un poco de pelo y un poco de peso. El gato, en cambio, te está dejando algo que tú no puedes oler y que, en una colonia que unos zoólogos vigilaron durante dos años, solo recibían unos cuantos.

Dos años en Church Farm

La granja se llamaba Church Farm y estaba en Bradford, en el condado inglés de Devon. Ahí vivía una colonia de gatos: un núcleo de cuatro o cinco, más los gatitos que iban naciendo.

El zoólogo David Macdonald y su equipo se propusieron anotar todo lo que pasaba entre ellos. Durante dos años, cada encuentro quedó registrado: quién se acercaba a quién, quién empezaba y qué hacían.

Un investigador con suéter de lana y botas de hule, sentado sobre una caja volteada en el patio de una granja, con una libreta abierta en la rodilla, observa a dos gatos que se frotan la cabeza y el costado con la cola levantada frente a un granero de piedra mientras unos gatitos caminan entre ellos.
Libreta en mano junto al granero: así se lleva la cuenta, encuentro por encuentro, de quién se acerca a quién en una colonia de gatos de granja.

Entre todos esos encuentros, uno volvía una y otra vez. Un gato llegaba junto a otro y le apretaba la frente, después la mejilla, después el costado, como quien saluda con todo el cuerpo. Pasaba en casi uno de cada seis encuentros. No era lo que más hacían, pero estaba lejos de ser raro.

Entre gatos, ese roce suele empezar igual. Uno se acerca con la cola levantada, derecha como una antena. Y si el otro también la lleva en alto, es más fácil que se froten.

Los gatitos sabían a quién buscar

Pero no daba igual con quién. Los que más roces empezaban eran los gatitos, y no se frotaban con el primero que pasaba: iban sobre todo hacia las hembras que más los amamantaban. Como el niño que, en una fiesta llena de tías, corre primero hacia la que más lo ha cargado. A medida que crecían, lo hacían menos.

Dentro de un viejo granero con paja, un gatito con la cola levantada apoya la frente y la mejilla contra una gata adulta echada, mientras otro gatito mama a su lado y un gato adulto mira desde una paca un poco apartado.
Un gatito aprieta la frente contra una gata que amamanta: entre los pequeños de una colonia, el roce suele ir hacia las hembras que más los alimentan.

Los adultos también tenían a quién buscar. Las hembras se frotaban con los machos y entre ellas, las madres con sus hijas ya crecidas, y las hembras adultas iban también hacia los gatitos. Hubo incluso gatos que terminaron frotándose con los que antes los habían agredido.

El gesto iba en muchas direcciones, pero siempre entre los del grupo, nunca hacia cualquiera. Y en cada uno de esos roces, algo pasaba de un cuerpo al otro.

Lo que deja una frente

Ese algo estaba en la cara. Alrededor de la boca, en las mejillas, en las sienes y en la base de las orejas, el gato tiene glándulas que sueltan un olor. Nosotros no lo percibimos. Para otro gato puede ser tan evidente como para ti una huella de dedo en un vidrio recién limpiado.

Cada vez que un gato aprieta la frente o la mejilla contra otro, le deja una capa de ese olor. Entonces, en una colonia donde los roces se repiten, la pregunta es qué pasa con tantas capas juntas.

Crowell-Davis, que ha estudiado cómo se organizan y se comunican los gatos, plantea que el roce podría servir para intercambiar olores. Capa sobre capa, la colonia terminaría con un olor común, como la ropa de una familia que se lava siempre en la misma lavadora. Y lo deja escrito así, con signos de interrogación: «¿Olor de colonia?».

De vuelta con los suyos

Hay una pista a favor. Quienes observan colonias han visto que los gatos que pasan un rato fuera, probablemente cazando, se frotan más con los suyos cuando regresan. Como quien vuelve de viaje y, antes de soltar la maleta, abraza a todos en la puerta.

Un gato negro entra a medias a una casa por la puerta para gatos de una puerta trasera, mientras un gato blanco con gris, con la cola levantada, le aprieta la frente y la mejilla contra la cara con los ojos entrecerrados.
Uno vuelve de afuera y otro lo recibe en la puerta con la cola en alto y la frente por delante: el tipo de regreso tras el que los gatos se frotan más con los suyos.

Y la nariz de un gato distingue. En un experimento, los gatos pasaban más tiempo olfateando la orina de un macho desconocido que la de uno conocido. Es lo que haces tú en la calle: a una cara conocida le basta un vistazo; a la de un extraño la sigues mirando un poco más.

La frente contra tus piernas

Lejos de cualquier granja, el mismo gesto aparece en la sala de una casa. Un gato camina hacia su persona con la cola levantada, le pone la frente contra las piernas y empuja. Después pasa la mejilla y el costado, igual que en Church Farm. Muchos gatos dirigen sus cabezazos justo ahí, a las piernas de quien vive con ellos.

En aquella granja de Devon, ese mismo gesto no salía del grupo.

Macdonald y su equipo publicaron lo que vieron en 1987. Casi cuarenta años después, nadie ha probado que con las personas la química sea la misma que entre gatos, y la idea del olor de familia conserva sus signos de interrogación.

Mientras tanto, el gato sigue empujando. Y si los etólogos tienen razón, en ese empujón pasa algo más que un saludo: la capa que queda en tu pantalón es la misma que un gatito le dejaba a la hembra que lo amamantaba. Tú, que hasta entonces eras alguien más en su casa, empezarías a oler a los suyos.

El gato no sabe nada de zoólogos ni de signos de interrogación. Solo vuelve, con la cola en alto, a apoyar la frente en tu espinilla y dejar otra capa encima de la de ayer, una y otra vez, como en Church Farm se hacía solo con los de casa.

Algunas imágenes de este artículo fueron generadas con IA para ilustrar el contenido; no son fotografías de los hechos ni de los animales reales.

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