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Historias emotivas

El lobo tiene 2 copias de un gen para digerir el almidón del pan; tu perro puede tener hasta 30

Casi todos los lobos llevan 2 copias del gen de la amilasa; los perros, entre 4 y 30. Contadas región por región, esas copias guardan qué comieron sus antepasados durante miles de años.

El lobo tiene 2 copias de un gen para digerir el almidón del pan; tu perro puede tener hasta 30

Un perro atrapa en el aire la orilla de pan que alguien dejó caer de la mesa, y es muy probable que su cuerpo lleve, para aprovecharla, un mismo gen repetido más veces que en el lobo del que desciende. Ese número no es igual en todos los perros del mundo. Cambia de una región a otra, y en esa diferencia quedó escrito qué comieron sus antepasados durante miles de años y si fue eso lo que separó al perro del lobo.

Un lobo gris adulto echado de frente, mirando a la cámara, con un fondo de colores de otoño
Un lobo gris descansa echado, de frente, sobre un fondo de otoño. Foto: Gary Kramer / Wikimedia Commons, dominio público.

Doce lobos y sesenta perros

La búsqueda empezó en la Universidad de Uppsala, en Suecia. El equipo de Erik Axelsson juntó el ADN de 12 lobos y de 60 perros de 14 razas, y lo comparó completo, de punta a punta, sin apostar de antemano por ningún órgano.

Edificio principal de la Universidad de Uppsala, con una estatua y jardines delante
El edificio principal de la Universidad de Uppsala, en Suecia, con una estatua y jardines delante. Foto: ScanianDragon / Wikimedia Commons, dominio público.

Era como poner lado a lado dos ediciones de un libro enorme y leerlas renglón por renglón, en busca de los pasajes que el editor había reescrito. Donde los perros más se apartaban de los lobos, ahí probablemente había trabajado la domesticación.

Aparecieron 36 de esos pasajes. En 19 había genes importantes para el funcionamiento del cerebro, y los autores escribieron que podrían explicar el cambio de comportamiento que separa a un perro de un lobo.

Pero en la misma lista asomaba una pista de otro tipo. Diez genes con funciones clave para digerir el almidón y procesar las grasas también llevaban la marca de la selección. No hablaban del carácter del animal, sino de lo que tenía en el plato.

Treinta copias donde el lobo tiene dos

Entre esos diez, uno se distinguía del resto: AMY2B, el gen con el que el páncreas fabrica la amilasa. El almidón de los granos es como un collar larguísimo de cuentas de azúcar. La amilasa es la tijera que, ya en el intestino, lo corta en pedacitos de dos cuentas.

Al contar cuántas veces aparecía ese gen en cada animal, la diferencia saltó a la vista. Casi todos los lobos tenían 2 copias; los perros, entre 4 y 30. Y cada copia es como otro taller que fabrica las mismas tijeras: con más talleres, en teoría, hay más tijeras cortando a la vez.

Dos gradillas con tubos de muestras de ADN sobre una mesa de laboratorio y, al fondo, un monitor con una gráfica de barras de alturas desiguales
Tubos con muestras de ADN y una gráfica de barras en un laboratorio de genética. Contar las copias de un gen, muestra por muestra, dejó ver la distancia entre lobos y perros.

Cuando el equipo dio a conocer el hallazgo, en enero de 2013, Axelsson propuso de dónde podía venir esa ventaja. La domesticación del perro, dijo, podría estar ligada al nacimiento de la agricultura y a los basureros de los primeros asentamientos, donde un animal capaz de sacarle más energía al cereal de las sobras habría comido mejor.

Cualquiera que haya visto a un perro rondar la panera entiende la idea. Pero una idea todavía no es una prueba.

Una perilla en la sangre

Lo siguiente era comprobar que las copias de verdad servían. Al año siguiente, el mismo grupo midió la actividad de la amilasa en la sangre de perros y la comparó con el número de copias de cada uno.

Las tijeras extra estaban ahí. Cada copia de más se asociaba con poco más de un cinco por ciento de actividad adicional. Pero las copias explicaban solo una parte pequeña de las diferencias entre un perro y otro: eran una mano sobre la perilla del volumen de una radio, mientras otras manos también la giraban.

Y el conteo mostró un detalle más. El número de copias cambiaba mucho de un perro a otro, incluso dentro de una misma raza. Un perro solo no contaba la historia; si el gen guardaba alguna, había que leerla en muchos perros a la vez, región por región.

Perros donde nadie sembraba

Si la idea de los basureros era cierta, había una forma de ponerla a prueba: buscar perros cuyos antepasados nunca hubieran vivido junto a un campo de cultivo. Si las copias venían del cereal, esos perros no deberían tenerlas.

El grupo de Axelsson buscó esos perros en los extremos del mapa, y tres años después del primer hallazgo publicó lo que encontró. En el Ártico, donde nadie sembraba, los huskies siberianos y los perros de trineo de Groenlandia llevaban pocas copias, apenas un poco más que un lobo. Años más tarde, otro estudio encontró en los perros de Groenlandia adaptaciones a una dieta rica en grasa.

Un equipo de huskies siberianos con arneses tira de un trineo sobre la nieve
Un equipo de huskies siberianos tira de un trineo por la nieve. Foto: Lorie Shaull / Wikimedia Commons, CC BY 2.0.

El otro extremo era Australia. Unos huesos hallados en la cueva de Madura, en el sur del continente, muestran que el dingo ya vivía ahí hace más de tres mil años. Allí no hubo agricultura en tiempos prehistóricos, y la historia del trigo en esa tierra empezó en 1788, cuando llegó a Sídney la Primera Flota.

Veinticinco dingos pasaron por el conteo. Ninguno tenía menos de 2 copias ni más de 3, y el dingo típico tenía 2. Las mismas que un lobo.

Con todos los perros sobre el mapa, el dibujo quedó a la vista. Si formaras en fila a los perros de las regiones con agricultura prehistórica, de menos a más copias, el del medio llevaría 11. En las demás regiones, sobre todo Australia y el Ártico, el del medio llevaría 3. Las copias abundaban donde, en la prehistoria, la gente había empezado a sembrar, y escaseaban donde no lo hizo.

Y ese dibujo le dio una vuelta a la idea de 2013. Un dingo es un perro, y lleva casi las mismas copias que un lobo. Con esos datos, el equipo de Axelsson matizó su propia propuesta: el cambio de dieta quizá no ocurrió cuando el lobo se volvió perro, sino después, a medida que la agricultura se extendía por el mundo.

Un dingo color canela camina sobre la arena de la isla Fraser, en Australia
Un dingo color canela camina sobre la arena de la isla Fraser, en Australia. Foto: Brian Gratwicke / Wikimedia Commons, CC BY 2.0.

Sobre la arena de una isla australiana, un dingo color canela camina con casi las mismas copias que un lobo. Muy lejos de ahí, debajo de una mesa, otro perro espera que caiga la orilla del pan. Los dos descienden del lobo, y en ese gen que se repite o no se repite quedó guardado con quién compartieron la comida los suyos: el sembrador de grano o la gente que no sembraba.


Fotos de un lobo gris (Gary Kramer / Wikimedia Commons, dominio público), del edificio principal de la Universidad de Uppsala (ScanianDragon / Wikimedia Commons, dominio público), de un equipo de huskies siberianos (Lorie Shaull / Wikimedia Commons, CC BY 2.0) y de un dingo (Brian Gratwicke / Wikimedia Commons, CC BY 2.0). Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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