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Historias emotivas

El perro que olió un explosivo escondido en el camino de 36 soldados en Antioquia

En julio de 2025, Sansón, un pastor belga malinois del Ejército de Colombia, revisaba con el olfato el camino de una patrulla de 36 soldados en Yondó, Antioquia. En ese camino, alguien había dejado un explosivo esperando al primero que pasara.

El perro que olió un explosivo escondido en el camino de 36 soldados en Antioquia

Para la nariz de Sansón, un camino de tierra nunca estaba callado: el barro, las hojas y el paso de la gente le hablaban a la vez, como un mercado lleno a mediodía. Su trabajo era distinguir, en medio de todo ese ruido, un solo olor débil como un susurro: el de un explosivo escondido. En julio de 2025, en una vereda de Yondó, ese susurro estaba ahí, y encontrarlo podía salvar a 36 soldados, aunque quien lo encontrara iba a quedar más cerca que nadie de él.

Una patrulla en La Raya

Era el 10 de julio. Una patrulla de 36 soldados del Ejército de Colombia recorría la vereda La Raya, en la zona rural de Yondó, Antioquia. Con ellos iba Sansón, haciendo lo suyo: revisar el terreno con el olfato mientras avanzaban.

Tenía cinco años y era del grupo de Explosivos y Demoliciones. Trabajaba con el soldado profesional Carlos Eduardo Beleño González, su guía: un perro y un soldado que salían juntos a buscar lo que nadie quería encontrar.

Pastor belga malinois militar con la correa puesta, en primer plano, junto a su guía de uniforme
Un pastor belga malinois militar, de la misma raza que Sansón, con la correa puesta junto a su guía. Foto: Justin Connaher / Wikimedia Commons, dominio público.

En un recorrido así, el peligro no avisa. Una trampa puede estar entre la maleza o a la orilla del camino y, a simple vista, no se distingue de nada. Por eso cada tramo que Sansón revisaba era un tramo que los demás podían pisar con más calma.

El olor que no debía estar ahí

Hasta que, en algún punto del recorrido, en medio de aquel mercado de olores, apareció el susurro. Sansón había dado con un artefacto explosivo improvisado, puesto en un lugar por donde la gente de la vereda pasaba a menudo.

Mientras Sansón lo detectaba, el artefacto se activó.

La explosión lo alcanzó a él. A los 36 soldados, no.

Y es que un artefacto así es un arma que alguien deja escondida para que espere. No apunta a nadie: le da igual la bota de un soldado, el paso de un campesino o la pata de un perro. Estalla con el primero que llega.

El Ejército se lo atribuyó al ELN. Sembrar un arma así en el camino de una comunidad es crueldad contra cualquiera que pase, y ese día esa crueldad cayó sobre un perro que estaba haciendo su trabajo.

Entre la maleza

Después de la explosión, Carlos Eduardo Beleño buscó a su compañero. Lo encontró entre la maleza, arrastrándose.

Sansón estaba vivo. La explosión le había costado una pata y lo había dejado gravemente herido, pero seguía moviéndose.

Ningún soldado de la patrulla había resultado herido. La única herida de aquel día era la suya, y mientras Sansón siguiera respirando, había una pelea por dar. Empezaron a atenderlo.

Varios días de pelea

Dos días después, el 12 de julio, el Ejército contó en público lo que había pasado en La Raya, y lo presentó como prueba del uso indiscriminado de explosivos por parte del ELN. Para entonces, Sansón seguía vivo.

En ese relato apareció la cuenta completa de lo que había hecho. Su hallazgo había salvado a los 36 soldados y, según el Ejército, también a docenas de campesinos: la gente que pasaba por ese punto del camino. La trampa no esperaba solo a una patrulla; esperaba a la vereda entera.

Lo atendieron durante varios días, y Sansón aguantó cada uno de ellos. Pero su cuerpo no pudo con las heridas que le había dejado la explosión, y murió ese mismo mes de julio, a los cinco años. Su guía, Carlos Eduardo Beleño, perdió al compañero con el que había salido a recorrer La Raya.

Soldado de uniforme camuflado, con la cabeza inclinada, sostiene una correa de perro vacía en una formación militar
Un guía canino sostiene una correa vacía durante una formación militar: cuando un perro de trabajo muere, su guía pierde a su compañero de patrulla.

Entonces llegaron las despedidas. En Barrancabermeja, los soldados lo despidieron con flores y honores militares, como se despide a uno de los suyos. En Bogotá, la Escuela de Ingenieros Militares también le rindió homenaje.

Puente sobre el río Magdalena en Barrancabermeja, entre Antioquia y Santander
El puente sobre el río Magdalena que une Antioquia con Santander, en Barrancabermeja, la ciudad donde los soldados despidieron a Sansón. Foto: Jhon Hegel Gutierrez / Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0.

No despedían una herramienta de trabajo. Despedían a un compañero.

Aquel 10 de julio, los 36 soldados de la patrulla volvieron a casa, y la gente de La Raya nunca se cruzó con lo que alguien había dejado esperando en su camino. Solo uno no volvió: el perro que distinguió, entre todo el ruido de olores, el susurro que podía matar, y que llegó a él primero para que nadie más tuviera que encontrarlo con los pies.

Fotos de un pastor belga malinois militar (Justin Connaher / Wikimedia Commons, dominio público) y del puente sobre el río Magdalena en Barrancabermeja (Jhon Hegel Gutierrez / Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0). Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.

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