En una cantera de basalto llamada Am Stingenberg, a orillas del Rin y a las afueras de Bonn, los obreros parten la roca a golpes en los primeros meses de 1914. Bajo el polvo aparecen dos esqueletos humanos, tendidos uno junto al otro, rodeados de herramientas talladas en hueso y asta. Entre esos restos hay también unos fragmentos de mandíbula pequeños que nadie sabe identificar con certeza.
Alguien decide que son de lobo. Separa esos huesos: la mandíbula queda junto a los esqueletos humanos, pero el resto se archiva en una colección geológica, lejos de su dueño original. Pasarán más de sesenta años antes de que alguien vuelva a mirarlos con atención — y descubra que no era ningún lobo.
Una mandíbula mal identificada
Según reconstruyen Street, Napierala y Janssens (2015) en su revisión del hallazgo, aquellos fragmentos no pertenecían a un lobo, sino a un perro doméstico. La reidentificación llegó hacia la década de 1970, cuando los huesos separados volvieron a reunirse y se confirmó que el animal había sido enterrado junto a un hombre y una mujer adultos, en lo que hoy se conoce como el entierro de Bonn-Oberkassel.
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El análisis de Janssens et al. (2018), publicado en el Journal of Archaeological Science, fechó el hallazgo en 14.223 ± 58 años de antigüedad. Es, hasta hoy, el entierro de perro más antiguo bien documentado que se conoce, tal como confirma también el comunicado de la UCL (2018) sobre el reanálisis del sitio.
Tres cicatrices en el esmalte
El verdadero giro del caso no estaba en la datación, sino en la boca del cachorro. Fue el veterinario Luc Janssens, entonces doctorando en arqueología, quien examinó sus dientes bajo el microscopio y encontró algo que nadie había buscado antes: tres líneas delgadas grabadas en el esmalte de los colmillos, según describe el estudio de Janssens et al. (2018), que documenta el hallazgo con fotografías de esas marcas.
Esas líneas se llaman hipoplasias del esmalte y se forman cuando una enfermedad grave interrumpe por unos días el crecimiento normal del diente. En este cachorro aparecen tres, correspondientes a las semanas 19, 21 y 23 de su vida: tres episodios de fiebre alta que, según el mismo estudio, son compatibles con el virus del moquillo canino, una infección que sin cuidados suele matar a un cachorro en menos de tres semanas.

Ocho semanas de más
Ese plazo de tres semanas es la clave del hallazgo. El cachorro de Bonn-Oberkassel no atravesó una sola crisis de moquillo: atravesó tres, separadas por apenas dos semanas cada una, y después de la última siguió con vida cerca de ocho semanas más, hasta morir con unas 27 o 28 semanas de edad —alrededor de siete meses—, según los cálculos de Janssens et al. (2018).
Un cachorro con moquillo en su fase final pierde el control de las patas traseras y sufre vómitos y diarrea; necesita quien lo mantenga caliente y limpio, y quien lo alimente cuando ya no puede hacerlo solo. Al equipo de comunicación de la UCL (2018), Janssens explicó que un cuadro tan grave normalmente termina con la muerte del animal en menos de tres semanas si no recibe ayuda constante. Que este cachorro llegara a los siete meses solo se explica, según el estudio, por semanas de cuidado humano sostenido: calor, limpieza y alimento, noche tras noche, para un animal que no podía cazar ni caminar.

Un segundo perro en la misma tumba
El estudio de 2018 sumó todavía otro hallazgo inesperado: entre los mismos huesos apareció un segundo diente, perteneciente a un perro distinto, de mayor edad y menor tamaño que el cachorro enfermo. Nadie ha podido establecer qué relación tenía con él, pero ese diente convierte a Bonn-Oberkassel en el único entierro conocido de este período con restos de dos perros, según señalan Janssens et al. (2018).
Catorce mil años antes de que existiera la palabra «mascota», alguien ya perdía el sueño por un animal que no podía cazar, ni caminar, ni devolver nada «útil» a cambio. Solo compañía.
¿Alguna vez cuidaste a un animal enfermo sin saber si iba a lograrlo? Cuéntanos cómo fue esa espera.
Algunas imágenes de este artículo son recreaciones generadas con IA; no son fotografías de los hechos ni de los animales reales.
Referencias
- Janssens, L., Giemsch, L., Schmitz, R., Street, M., Van Dongen, S., & Crombé, P. (2018). A new look at an old dog: Bonn-Oberkassel reconsidered. Journal of Archaeological Science, 92, 126–138. https://doi.org/10.1016/j.jas.2018.01.004
- UCL Centre for Human Evolution Research (2018). Archaeologists re-examine the famous 14,000 year old dog of Bonn-Oberkassel, Germany. https://www.ucl.ac.uk/human-evolution/news/2018/feb/archaeologists-re-examine-famous-14000-year-old-dog-bonn-oberkassel-germany
- Street, M., Napierala, H., & Janssens, L. (2015). The late Palaeolithic dog from Bonn-Oberkassel in context. En L. Giemsch & R. W. Schmitz (Eds.), The Late Glacial Burial from Oberkassel Revisited, Rheinische Ausgrabungen 72, 253–274. https://www.researchgate.net/publication/284720121_Street_M_Napierala_H_Janssens_L_2015_The_late_Palaeolithic_dog_from_Bonn-Oberkassel_in_context_In_The_Late_Glacial_Burial_from_Oberkassel_Revisited_L_Giemsch_R_W_Schmitz_eds_Rheinische_Ausgrabungen_72

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