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Historias Emotivas

Tardamos casi 45 años en saber cuánto vivió Laika en el espacio, y lo contó alguien de adentro

Durante casi 45 años la versión oficial dijo que Laika sobrevivió días en órbita. En 2002, alguien del propio instituto que la entrenó contó otra historia en un congreso científico en Houston.

Tardamos casi 45 años en saber cuánto vivió Laika en el espacio, y lo contó alguien de adentro

En Houston, en octubre de 2002, durante el 53º Congreso Astronáutico Internacional, un científico del Instituto de Problemas Biomédicos de Moscú sube al atril. El título de su ponencia es deliberadamente discreto: Algunas páginas desconocidas del primer vuelo orbital de un organismo vivo. La firma Dimitri C. Malashenkov, según consta en el registro de la IAF Digital Library, ante una sala de especialistas en biología espacial acostumbrados a hablar de cohetes y trayectorias, no de duelo.

El organismo del título era Laika. Las páginas desconocidas eran las de su muerte.

Una perra callejera y una versión que duró casi 45 años

El 3 de noviembre de 1957 la Unión Soviética lanzó el Sputnik 2 con una perra callejera de Moscú a bordo, según la ficha de la misión de la NASA NSSDC. Laika se convirtió así en el primer ser vivo en alcanzar la órbita terrestre. Durante casi 45 años, la versión que circuló en libros, documentales y reportajes fue siempre la misma: Laika había sobrevivido varios días en el espacio antes de morir dentro de la cápsula. Que el sobrecalentamiento había sido la causa real ya se sabía, de manera parcial, desde finales de los años noventa. Lo que faltaba era la pieza más incómoda: cuánto tiempo había pasado con vida.

Lo que decía la telemetría

Según la ponencia que Malashenkov presentó en Houston, la telemetría fisiológica de Laika —el registro continuo de su pulso y su respiración— se perdió entre la quinta y la séptima hora de vuelo. La causa fue un fallo del sistema de control térmico de la cápsula: parte del aislamiento se desprendió y la temperatura de la cabina subió hasta cerca de los 40 grados centígrados, de acuerdo con la ficha de la misión de la NASA NSSDC. Las simulaciones reconstruidas después, que Malashenkov expuso en esa misma ponencia, ubican la muerte por sobrecalentamiento probablemente hacia la tercera o cuarta órbita del satélite. No existe una hora exacta, porque en 1957 nadie la midió con ese propósito: hay una estimación calculada décadas más tarde, y la certeza de que Laika murió en horas, no en los días que se habían repetido durante tanto tiempo.

Tira de papel de telemetría de los años cincuenta con trazos de pulso y respiración que se vuelven planos a la mitad del registro, sobre un escritorio metálico gris
Recreación generada con IA de una tira de telemetría de época.

Quién habló, no solo qué dijo

Lo notable de Houston 2002 no es solo el dato: es quién lo entregó y en qué escenario. No fue un periodista de investigación ni un archivo filtrado por un disidente. Fue alguien del propio Instituto de Problemas Biomédicos, la misma institución que había preparado a Laika para el vuelo, presentando el hallazgo en el congreso más formal de su gremio, en Estados Unidos, casi 45 años después del lanzamiento. La institución que había sostenido durante décadas la versión de los varios días fue la que, por boca de uno de los suyos, la corrigió ante sus pares internacionales, en un texto con título tan discreto que parecía escrito para no llamar la atención.

Sala de un centro de convenciones con un orador solitario bajo luces de escenario y filas de delegados sentados de espaldas en primer plano
Recreación generada con IA de un congreso científico de la época.

Por qué importan las horas y no los días

La diferencia entre morir en días o morir en horas no es solo aritmética. La versión de los varios días permitía imaginar que Laika había tenido tiempo de adaptarse, de orbitar la Tierra con cierta calma antes del final. La versión de las horas describe, en cambio, un colapso rápido dentro de una cápsula que empezó a sobrecalentarse casi desde el despegue. Hubo un antecedente que anticipó ese cambio de tono mucho antes de que llegaran los datos técnicos. Oleg Gazenko, uno de los responsables del programa espacial soviético con animales, ya había declarado en 1989, según recoge la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos: «Trabajar con animales es una fuente de sufrimiento para todos nosotros… Cuanto más tiempo pasa, más lo lamento. No deberíamos haberlo hecho». Fue una confesión moral trece años antes de la confesión técnica que finalmente puso una cifra, aunque fuera aproximada, a esas horas.

Laika era una perra de la calle. No eligió nada de lo que le pasó: la eligieron, la entrenaron y la subieron a un vehículo que no estaba diseñado para traerla de regreso. Lo único que pudo hacer, hasta el final, fue lo que hacen los perros cuando confían en alguien: quedarse quieta y esperar.

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