El perro que veló 14 años una tumba en Edimburgo y la sospecha que despierta su plato de comida
En 1858, un pequeño terrier se negó a dejar la tumba de su dueño en el cementerio de Greyfriars, y Edimburgo terminó por hacerlo suyo. Siglo y medio después, un historiador contó esa historia de otra manera.

Bobby comía todos los días en el mismo plato, y ese plato todavía existe: lo guarda el Museo de Edimburgo, porque la familia que se lo llenaba lo donó. Era el plato de un perro sin dueño que vivía entre tumbas, y en el Edimburgo de su época, un perro sin dueño podía terminar muerto. Un plato lleno, todos los días y durante años, parece una historia de cariño. También puede contarse de otra manera.
Febrero de 1858
John Gray hacía rondas de noche para la policía de Edimburgo. La tuberculosis lo mató el 15 de febrero de 1858, y lo enterraron en el cementerio de Greyfriars.
Su perro lo siguió hasta allí por última vez. Era un terrier pequeño; de qué raza, nadie lo sabe del todo: quizá un Skye terrier, quizá un Dandie Dinmont. Cuando la gente se fue, él se quedó junto a la tumba.
El cuidador del cementerio, James Brown, lo sacó. Bobby volvió a la tumba. Brown lo sacó otra vez, y otra, y cada vez el perro regresaba al mismo pedazo de tierra. Al final, el que se rindió fue el cuidador: dejó que Bobby se quedara y le dio refugio en el cementerio.
Un plato en Greyfriars Place
Quedarse tenía un problema: un perro necesita comer. Muy cerca del cementerio, en Greyfriars Place, John Traill tenía un café. Y ahí, todos los días, había comida para Bobby.
Así pasaron los años, con el perro yendo del café a la tumba y de la tumba al café, mientras la ciudad entera se encariñaba con él. De hacia 1865 se conserva una fotografía de estudio que, se cree, es de él: el perro del cementerio ya tenía su retrato.

La ley de 1867
En 1867, Edimburgo aprobó un reglamento nuevo: todos los perros de la ciudad debían tener licencia. A los que no la tenían los recogían y muchas veces los mataban, una crueldad que la ley volvía trámite.
Bobby llevaba nueve años junto a esa tumba, y no tenía dueño que pagara por él. Para la ley, era un perro callejero más.
Entonces intervino el alcalde, Sir William Chambers. Pagó la licencia de su bolsillo y le regaló a Bobby un collar. En la placa de latón grabaron su nombre, Greyfriars Bobby, de parte de quién venía, el año 1867 y lo que lo mantenía a salvo: «con licencia».

Con sus papeles en regla, Bobby vivió en Greyfriars hasta que murió, en enero de 1872. Al año siguiente, la baronesa Angela Burdett-Coutts mandó levantar en su honor un bebedero coronado por su estatua de bronce, de tamaño real, obra del escultor William Brodie.
Se inauguró sin ceremonia en noviembre de 1873. Su inscripción dejó la leyenda escrita en piedra: un perro que siguió a su dueño hasta Greyfriars en 1858 y se quedó cerca hasta su muerte, catorce años después.

Siglo y medio después
En 2011, Jan Bondeson, historiador y profesor de la Universidad de Cardiff, publicó un libro cuyo título llama a Bobby el perro más fiel del mundo. Adentro, la historia era otra.
Según Bondeson, Bobby era un perro callejero al que mantenían en el cementerio a punta de comida. Y Brown y Traill, el cuidador y el cafetero, armaron la leyenda del perro fiel para atraer visitantes y clientes a los negocios del barrio. Visto así, el cuidador que se rindió y el plato de todos los días ya no hablan de lealtad: hablan de un perro usado como anuncio.
Pero Bondeson fue más lejos. Según él, el primer Bobby era un mestizo viejo, y murió en 1867, el año de la ley de licencias y del collar del alcalde. Brown y Traill no dejaron que la leyenda se fuera con él: pusieron junto a la tumba a un Skye terrier de raza, más joven, que vivió cinco años más, hasta 1872.

Sería como una obra de teatro que cambia de actor a mitad de temporada sin cambiarle el nombre al personaje: desde la butaca, el público sigue aplaudiendo a Bobby y no nota la diferencia.
Si fue así, el perro viejo que se había ganado a Edimburgo murió sin que la ciudad supiera que lo perdía, y el collar de 1867 pudo terminar en el cuello de cualquiera de los dos. La teoría sigue siendo la hipótesis de un historiador, sin demostrar. Mientras tanto, la estatua de Brodie sigue en pie en Edimburgo, y el collar y el plato, en el museo.
Quizá fueron dos perros, uno viejo y sin raza y otro joven y de raza, y quizá a ninguno lo llevó hasta ahí la pena. Pero si fue así, los dos comieron en el plato de los Traill y los dos tuvieron su rincón entre las lápidas de Greyfriars. Y el collar del alcalde, con su único nombre, alcanza para los dos.
Fotos del retrato de hacia 1865 (autor desconocido, National Galleries of Scotland, dominio público), de la estatua de Bobby (Sumit Surai / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0) y de un Skye terrier (Pleple2000 / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0). Las demás imágenes fueron generadas con IA para ilustrar el contenido.
Referencias (7)
- Historic Environment Scotland (s. f.). Greyfriars Bobby Fountain. Ficha de monumento protegido LB27899. https://portal.historicenvironment.scot/designation/LB27899
- Culture Edinburgh / Museo de Edimburgo (s. f.). Discover cherished objects of Greyfriars Bobby. Culture Edinburgh. https://cultureedinburgh.com/museums/curatorsinsights/iconic-greyfriars-bobby-objects
- Historic UK (s. f.). The Story of Greyfriars Bobby. Historic UK. https://www.historic-uk.com/HistoryUK/HistoryofScotland/Greyfriars-Bobby/
- Reuters (2011). Historian: Greyfriars Bobby was a scam to lure tourists. NBC News. https://www.nbcnews.com/id/wbna44023814
- Gray, L. (2012). Loyalty and a Dog Called Bobby. History of Emotions Blog, Queen Mary University of London. https://emotionsblog.history.qmul.ac.uk/2012/09/loyalty-and-a-dog-called-bobby/
- Bondeson, J. (2011). Greyfriars Bobby: The Most Faithful Dog in the World. Amberley Publishing (ficha en Books from Scotland). https://booksfromscotland.com/book/greyfriars-bobby-the-most-faithful-dog-in-the-world/
- VisitScotland / Forever Edinburgh (s. f.). The tale of Greyfriars Bobby. Forever Edinburgh. https://edinburgh.org/blog/the-tale-of-greyfriars-bobby/
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