Los cachorros eran tan pequeños que a alguien le alcanzó una caja de cartón para deshacerse de ellos. La dejó en la tierra, a la orilla de un canal de riego cerca del arroyo Los Banos, en el Valle Central de California, y se fue.
Era agosto. El sol caía de lleno sobre el cartón gastado y sobre el polvo de la orilla. Vista desde lejos, la caja parecía un desecho más.
Junto a ella, los cachorros se apretaban unos contra otros. Eran diminutos, ninguno conocía todavía el tacto de una mano humana y cada hora a la intemperie les quitaba un poco más de fuerza.
Boletín
Historias que abrazan
Recibe nuestras mejores historias de animales en tu correo.
Necesitaban una sola cosa, y no dependía de ellos: que alguien pasara por esa orilla y los viera.
La caja que se movía
Un día de ese agosto, por la orilla del canal caminaba una persona que trabaja para el Central California Irrigation District, uno de los distritos de riego más grandes del Valle Central. Primero vio la caja. Después, a los cachorros abandonados a su lado: pequeños bultos de polvo que todavía se movían.
Podía pasar de largo. No lo hizo: avisó enseguida a Kate’s Furreka Rescue, una organización que rescata perros abandonados o descuidados en los condados de Merced y Stanislaus.
El equipo llegó rápido, y lo que encontró lo dejó sin palabras. No eran unos pocos: eran once cachorros, y muchos seguían atrapados dentro de la caja, sin fuerzas para trepar por los bordes.
«Los cachorros tenían calor, hambre y sed», le contó a The Dodo una persona del equipo. Estaban a la orilla de un canal de riego, y aun así tenían sed.
Nombres de agua
Los rescatistas recogieron a los once y se los llevaron de ahí. Primero llegó el agua fresca; después, las revisiones veterinarias, el tratamiento médico y las comidas a sus horas. Los platos se vaciaban en segundos.
Cuando ganaron fuerzas, se mudaron a hogares de acogida. Fueron esas familias las que les pusieron nombre, y no los eligieron al azar.
Los llamaron River (río), Brooks (arroyos), Dewdrop (gota de rocío), Misty (brumosa), Bay (bahía), Kai, Hudson, Wells (pozos), Banks (orillas), Nile (Nilo) y Hydro, por si quedaba alguna duda. Once nombres de agua para once cachorros que pasaron sed a la orilla de un canal.
Pero un techo y un plato lleno eran solo el principio. En Kate’s Furreka Rescue, además de la atención médica, se ocupan de la rehabilitación de conducta de los perros que rescatan. Y estos cachorros tenían mucho que aprender sobre las personas.
Lejos de la orilla
Hoy los once siguen en sus hogares de acogida. «Están muy bien y se divierten jugando, socializando y aprendiendo que los quieren», contó la misma persona del equipo.
Lo que viene ahora es la esterilización, el paso que los prepara para la adopción. En la organización, ese camino empieza con una solicitud y sigue con un servicio personalizado para unir a cada perro con la familia indicada.
Mientras tanto, hay maneras de ayudar a otros perros como ellos. Puedes hacer una donación a Kate’s Furreka Rescue, que, según explica en su sitio, ayuda a pagar atención médica, comida, refugio y entrenamiento. Y si vives en la zona, también puedes ofrecer tu casa como hogar de acogida o sumarte al voluntariado, paseando perros o ayudando en las jornadas de adopción.
En esas casas, los mismos cachorros que en agosto no conocían una mano humana ahora juegan en el pasto y se dejan alzar sin miedo. «Todos son muy cariñosos y, gracias a nuestros voluntarios, que son geniales, puedes cargarlos como a bebés», agregó la persona del equipo.
Quienes los sacaron de aquella caja no pueden evitar sonreír al verlos recuperarse. «Se nos llenó el corazón de alegría», dijo.
La caja quedó en aquella orilla de tierra, junto al canal. Ahora, cuando alguno de los once se acurruca, ya no es contra los demás para aguantar el sol de agosto, sino en los brazos de alguien que lo sostiene.
Imagen principal: Facebook | Kate’s Furreka Rescue.


Conversación
Únete a la conversación
Los comentarios y el formulario se cargan solo cuando abras esta sección.