Un gato espera junto a su plato antes de que la casa termine de despertarse. Reconoce el ruido de la bolsa, el chasquido de la lata y los pasos de quien viene a servirle.
Come lo que le ponen. No lee etiquetas ni compara marcas: esa tarea es de sus humanos, que eligen en el pasillo del supermercado con la mejor intención y con el empaque como única guía.
La escena se repite en millones de hogares, todos los días, durante toda la vida de un gato. ¿Qué más llega en cada bocado, además del pollo o del pescado?
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Cien platos en el laboratorio
Clean Label Project, una organización sin fines de lucro que analiza productos de consumo de manera independiente, decidió averiguarlo.
Su equipo reunió 100 productos de alimento para gatos de 62 marcas, entre secos, húmedos, deshidratados al aire y liofilizados. Laboratorios independientes y acreditados buscaron en cada uno más de 122 contaminantes industriales y ambientales.
Los metales pesados estaban casi en todos. Había plomo en el 99 % de los productos, cadmio en el 96 % y arsénico en el 94 %.
Y no todos los platos cargaban lo mismo. El alimento seco tenía alrededor de tres veces más plomo que el húmedo, y los más cargados de metales tenían tres veces y media más plomo que un producto típico.
Latas, sobres y pescado
Pero los metales no venían solos. El segundo contaminante más frecuente fue el DEHP, un plastificante: un aditivo que se usa para ablandar materiales como el plástico. Estaba en 48 de los 100 productos, y los de lata o sobre tenían unas cinco veces más que los de bolsa.
El glifosato, un herbicida, apareció en el 37 % de los productos, y su rastro seguía a los ingredientes vegetales: por cada uno extra entre los diez primeros de la etiqueta, los niveles subían cerca de un 40 %.
Las recetas de pescado y mariscos quedaron en desventaja. Tenían unas 18 veces más mercurio que las demás, y solo el 25,7 % cumplió el estándar de la organización, frente al 84,8 % de las de aves.
¿Cuáles eran esos cien productos? La lista completa, con los resultados, está en la página del estudio y en la aplicación de la organización, junto al informe. Tres compañías obtuvieron su certificación: Bixbi, Freshpet y Smalls.
Los fabricantes también respondieron. El Pet Food Institute, que los representa, cuestionó en un comunicado que el estudio usara un «estándar de pureza» propio en lugar de normas regulatorias, y que analizara un solo lote de cada producto. Recordó que estas sustancias no se añaden a propósito, que pueden venir del ambiente y que si un metal hace daño o no depende, entre otras cosas, de la cantidad y del tiempo de exposición.
«Los dueños de gatos deberían tener la confianza de que el alimento que les dan a sus mascotas es seguro y se produce según rigurosos estándares regulatorios y de calidad», afirmó la institución.
Una cuenta de toda la vida
Para Molly Hamilton, autora del informe, el riesgo no está en un solo plato, sino en la suma de todos.
«Los contaminantes son una exposición continua que puede acumularse en el cuerpo de los gatos a lo largo de su vida», le dijo a CNN. «Por ejemplo, la enfermedad renal crónica está entre las causas de muerte más comunes en los gatos mayores, y los riñones cumplen un papel importante en filtrar los metales pesados».
Por eso la organización propone leer el empaque con otros ojos: preferir las recetas de aves a las de pescado, revisar la lista completa de ingredientes y no solo el primero, y pedirles a las marcas análisis del producto terminado, además de los de cada ingrediente.
Mañana, el gato volverá a sentarse junto al plato antes de que la casa despierte, con la confianza de siempre, porque lo sirven las mismas manos que lo cuidan.
Nunca sabrá qué trae cada bocado. Esa pregunta le toca a quien llena el plato.
Imagen principal: imagen ilustrativa.


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